MADRID
Diciembre 1, 2007
La costumbre del taciturno, que me obligaba recurrente al ejercicio de mi crudo juicio, encontró su destino entre la penumbra de un amanecer repentino que limpió el cielo y los jardines con roció y azahares. La noche que no encontraba al sueño sucumbió al fin y en una playa limpia, sin rastros ni personas, se convirtió en espuma al borde de la marea. Madrid llegó a mi vida esa mañana.Prolijamente, inmersa en un ritual que le pertenecía, perfumó el aire con el sabor del café y desenvolvió, en un regular compás de tibias miradas y silencios, el relato infinito de sus memorias. Era infinito porque no se ajustaba al modelo de la historia escrita por los hombres de ciencia, que todo lo documentan matemáticamente. Madrid tejía simultáneamente diferentes actos pretéritos y desprendía de cada uno de ellos esa particular sabiduría que proviene del alma. Frente a mi, que la observaba atentamente y con sorpresa, lograba en sus palabras la virtud del pensamiento generoso, lograba la mirada sincera. Madrid Iluminaba. Llegó fresca y de improviso como la brisa que nace en el este y abraza el sopor de la tarde. Siempre así la antecedía lo que era para mi ese gesto invisible de viento sin furia que me acariciaba la piel y la anunciaba cada día. Entre caminos que se bifurcaban, compartió el secreto, albimar tierno, abismo de su universo. Madrid me conducía fugazmente al encuentro de una fe olvidada, oculta en la sombra de mis sentidos adormecidos, donde todo imposible se cumple de un modo que roza lo extraordinario y le da sentido a la esperanza.Eterno náufrago de sus indescriptibles y múltiples milagros, navego desde el primer día el placido cauce que dejó tras de sí antes de irse. Madrid es ahora el nombre de la estela de nubes que dejan los ángeles cuando vuelan, la melodía que acuna el descanso de los peces y el susurro de la lluvia que nace. Madrid es, al mismo tiempo, el relato de todas mis memorias de un día, de un segundo, o de mi vida completa. De las que llegan inesperadamente como ella. De las memorias únicas que no se borran en la oscura noche. De las que despiertan como campo de girasoles cuando regresan el verano y los soleados dias.